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“En el verano de 1982, mi tía tenía 18 años. Ella y sus amigos usualmente se encontraban en Cannock Chase por las tardes para ‘pasar’ el rato, probablemente en la misma manera que los adolescentes de hoy. Uno de sus pasatiempos consistía en usar máscaras y asustar a las parejas que paseaban por el bosque en las noches.
Una noche, cerca de las 09:45, mi tía escuchó varias veces los gritos de una niña pidiendo ayuda; y corrió a ayudarla. Sin embargo, se tropezó en un camino de tierra justo después de ver a una niña corriendo en dirección opuesta pidiéndole ayuda a su mamá. De inmediato, mi tía corrió tras la niña, pero sin éxito.
Al correr tras ella, se resbaló y se cortó el pie; pero aún así siguió avanzando con la determinación de encontrarla y auxiliarla. Para ese instante, ya había oscurecido totalmente y la niña se había adentrado a una zona de bosque particularmente tupida, llena de árboles y arbustos gruesos. Fue en ese momento que la niña se detuvo, observó a mi tía por un segundo y luego desapareció tras un árbol.
Mi tía con el pie herido y ya demasiado cansada; decidió que lo mejor era darse vuelta y llamar a la policía para que rastrearan el área en busca de la pequeña.
Tras volver a casa y acudir a una clínica para que le revisaran la herida en el pie, contactó a la policía para reportar su encuentro en el bosque. A la mañana siguiente, fue visitada por agentes de policía que le preguntaron en qué lugar del bosque había visto a la niña; pues aún llevando perros y un gran grupo de búsqueda, no encontraron a nadie con la descripción que había dado.
Al final, el caso quedó olvidado y no fue hasta varios años después, que al hablar del incidente con un vecino; a mi tía le contaron sobre una serie de asesinatos en Cannock Chase durante la década de los 60. Todas las víctimas habían sido niños, cosa que la aterrorizó y la hizo llegar a la conclusión de que la pequeña a la que encontró esa noche en los bosques; era una de las víctimas del asesino llamado Raymond Morris”.

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